Mientras Yago del Castillo compartía un desayuno de camaradería, grasa y lealtad inquebrantable con su jefe de seguridad en una cocina llena de vida y olores caseros, a pocos kilómetros de distancia, en la Suite Presidencial del hotel más exclusivo y lujoso de Boca del Río, la atmósfera era radicalmente distinta. Allí no había calidez, ni risas espontáneas, ni chefs que miraran con admiración genuina a su patrón. Allí reinaba el silencio gélido y calculado de la vieja aristocracia europea trasp