El lunes llegó a Puerto Esmeralda no con la suavidad del domingo, sino con la precisión afilada de un día laboral que prometía ser histórico. La luz del sol, filtrándose por las cortinas automáticas que se abrieron puntualmente a las 5:30 AM, tenía un matiz diferente: era una luz operativa, una luz de guerra.
Yago del Castillo abrió los ojos antes de que sonara cualquier alarma. Su reloj biológico, ajustado durante años a la presión de los plazos de entrega y las negociaciones de alto nivel, lo