El trayecto desde la residencia de Puerto Esmeralda hasta el distrito financiero de Boca del Río había transcurrido con la normalidad engañosa de una mañana de lunes perfecta. El cielo estaba despejado, y el tráfico fluía con una eficiencia que Yago agradecía. Dentro de la cabina climatizada y silenciosa de la camioneta blindada, la atmósfera era de concentración absoluta. Yago revisaba en su tableta los últimos índices de la bolsa de valores asiática y los precios del acero, mientras Carlos co