El comedor de la residencia privada de Yago del Castillo se había transformado, en cuestión de minutos, de un campo de batalla donde se decidían despidos y lealtades, a un salón de banquetes exclusivo. El olor a mantequilla clarificada, ajo asado y mariscos frescos inundaba el aire, desplazando la tensión fría que había reinado apenas un cuarto de hora antes.
Mateo tomó asiento en una de las sillas de respaldo alto, aún aturdido por el giro copernicano de los acontecimientos. Sus manos, que min