El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo el silencio sepulcral de la terraza. Yago presionó el botón de altavoz sin titubear, clavando su mirada en el joven ejecutivo que sudaba frío frente a él.
—Te escucho —dijo Yago.
La voz de la secretaria sonó más clara esta vez, cargada de datos duros. —Ingeniero, investigué a ambos a fondo, revisando cuentas bancarias, propiedades y movimientos fiscales. Mateo está limpio; no tiene nada oculto. Y por lo tanto, no hay rastro de dinero desviado. Luis Rod