Mateo, con el maletín apretado contra el pecho como un escudo, tocó el timbre de la residencia. Casi al instante, la puerta de madera de teca se abrió.
Albert estaba allí, imperturbable. Sabía quién era el visitante por la descripción de la secretaria, pero antes de que pudiera hacerlo pasar, una moto se detuvo bruscamente detrás de Mateo. Era el repartidor del restaurante.
El joven de la moto bajó con varias bolsas térmicas, luciendo confundido pero satisfecho. —Entrega para el señor Del Casti