A 239 kilómetros de la oficina cargada de perversión en Polanco, y a más de cuatrocientos del santuario de Yago en Veracruz, la atmósfera en Lomas de Angelópolis, Puebla, era radicalmente distinta. El aire era fresco, limpio y olía a libros nuevos y café.
Nant se encontraba sentada en un aula de la universidad, intentando prestar atención a la cátedra de su maestría. Su mano derecha sostenía un bolígrafo sobre el cuaderno de notas, pero su mirada se desviaba constantemente hacia su mano izquier