El aire en la oficina de Polanco se había vuelto irrespirable, cargado de electricidad estática y feromonas. En la pantalla de la laptop, la secuencia de videos avanzó hasta llegar a una grabación que ninguna de las dos esperaba ver con tanta claridad.
El ángulo de la cámara cambió. Ya no enfocaba a Belém. La lente capturaba a Yago de pie, al borde de la cama, completamente desnudo. La iluminación tenue del motel dibujaba cada músculo de su cuerpo tenso, pero el foco innegable era su virilidad.