El sueño los había vencido, un letargo profundo y pesado producto del agotamiento físico y la descarga emocional. Yago y Belém yacían entrelazados, respirando el mismo aire viciado por la pasión en aquella habitación que había sido su universo.
Sin embargo, el reloj biológico de Yago, siempre alerta, lo sacó de la inconsciencia de golpe. Miró el reloj en la mesita de noche: las 3:00 de la madrugada. La realidad cayó sobre él como un balde de agua fría. El tiempo de la fantasía había expirado.
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