El rugido del motor del Mustang fue el único sonido que acompañó el trayecto de regreso. La ciudad a esas horas estaba desierta, una secuencia de luces de neón y semáforos intermitentes que pasaban como espectros al otro lado de la ventanilla. Yago conducía con una mano en el volante, la otra descansando cerca de la palanca de cambios, pero sin tocar a Belém. La intimidad física había terminado; ahora comenzaba el regreso al mundo real.
Al acercarse al vecindario de Belém, la tensión en el coch