Yago no había tenido suficiente. A pesar de la descarga anterior, su virilidad seguía desafiante, alimentada por la visión de Belém sumisa y devota. Con una mano enredada en el cabello de ella, ejerciendo esa fuerza delicada pero dominante que tanto la excitaba, guio la cabeza de Belém hacia su miembro erecto una vez más.
Belém no opuso resistencia; al contrario, abrió la boca y lo recibió con un placer evidente, saboreando su propia obra, humedeciéndolo para lo que vendría después. Pero Yago n