El puerto de Veracruz ardía bajo el sol del mediodía. La humedad se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa, pesada y asfixiante, una sensación que Belem Santoro conocía demasiado bien.
Belem estaba sentada en la pequeña terraza de su departamento en Boca del Río, con vista parcial al mar y vista total al edificio corporativo de CIRSA que se alzaba a lo lejos como una torre de marfil inalcanzable. Tenía el teléfono en la mano, un cigarrillo mentolado consumiéndose en el cenicero y una cop