El sol de Veracruz caía a plomo sobre el pavimento agrietado y desigual de la calle Quetzalcóatl, en el Fraccionamiento Jardines de la Riviera. El calor era una entidad física, densa, salina y pegajosa, que se filtraba sin piedad a través de las paredes de bloque de la casa de una planta que Belem y Vera Cabo habían heredado de su madre hacía tres años.
No era una mansión frente al mar en la zona dorada de Boca del Río, ni un ático de lujo con aire acondicionado centralizado y cristales tintados