El silencio que siguió a la sumisión de Igor no fue un silencio de paz, sino el vacío que deja una explosión. La atmósfera en la oficina del piso 50 de la Torre KORALVEGA se había transformado de manera irreversible. Ya no olía a tabaco caro ni a los vapores del alcohol añejo que Viktor solía beber; ahora, el aire estaba cargado de una esterilidad tensa, fría y eléctrica, similar a la de un quirófano antes de una operación a corazón abierto.
Viktor Korályov permanecía sentado en su sillón Cheste