La puerta se cerró tras la salida apresurada de Ricardo, dejando en el aire la estela de una orden que parecía una herejía en ese despacho: llenar el bar más exclusivo de Polanco con agua mineral y refrescos azucarados, desterrando para siempre el Beluga y el Cognac.
El silencio regresó a la oficina del piso 50, pesado y denso como una manta de plomo siberiano.
Viktor Korályov, sentado en el sillón Chesterfield, observó el espacio vacío donde antes brillaban sus botellas como trofeos de guerra.