La atmósfera en la oficina privada de Alina Korályova había cambiado de una manera irreversible. El aire, usualmente cargado de estática corporativa y frialdad calculada, ahora pesaba con una densidad íntima, casi confesional. La asistente, una mujer que llevaba años entrenada para ser una sombra eficiente, se puso de pie, alisándose la falda con movimientos mecánicos, todavía procesando la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Había visto detrás de la cortina de hierro; había visto a la niña