La sugerencia de la depilación quedó flotando en el aire como una bomba de relojería. Alina miró a su asistente con los ojos desorbitados, sorprendida no solo por la crudeza del consejo, sino por el nivel de confianza y profesionalismo cínico con el que se lo había soltado.
La asistente, notando el silencio atónito, pensó que había cruzado la línea roja. Se puso de pie de inmediato, alisándose la falda, lista para disculparse y salir huyendo antes de ser despedida.
—Señorita, yo... mejor me ret