El estruendo de los obturadores de las cámaras y el caos de los reporteros se desvanecieron bruscamente cuando la pesada puerta de la camioneta de lujo se cerró, sellando a la familia de Ludwig en un silencio hermético y antinatural. El vehículo, una burbuja de opulencia, se puso en marcha, alejándose de la sede de CIRSA Puebla.
Dentro, la atmósfera era sofocante, más densa que el humo del puro que Ludwig sin duda encendería al llegar a casa. Ludwig miraba por la ventana, su rostro una máscara