El silencio se había apoderado del Penthouse en el exclusivo hotel de Puebla, un silencio artificialmente roto por el murmullo ininteligible de la televisión encendida. Yago Castillo yacía en la cama king-size, su figura poderosa e imponente desdibujada por el agotamiento y la vulnerabilidad. Había ganado todas las batallas corporativas del día: había asegurado CIRSA, había desarmado la ambición de Diana y había puesto a salvo el anillo de compromiso de oro rosa en la caja fuerte principal del