El capitán del restaurante, un hombre de mediana edad con años de experiencia en el arte de la hospitalidad de élite, había actuado con lo que él consideraba una prudencia calculada. Su rostro, habitualmente sereno bajo la presión, mostraba ahora una sonrisa que, aunque profesional, se sentía forzada, como una máscara de cera a punto de derretirse. Un nerviosismo palpable, una ligera humedad en las palmas de sus manos, lo acompañaba mientras se apresuraba a guiar a Joren y Eunice hacia su desti