El restaurante de alta cocina, ya imbuido de una atmósfera de elegancia discreta y un murmullo de conversaciones educadas, había vuelto a asentarse en su cadencia habitual, como si la reciente llegada del formidable Yago Castillo hubiera sido una interrupción fugaz. Apenas dos minutos después de que Yago y Nant fueran discretamente acomodados en su mesa reservada, un espacio privilegiado con vistas al iluminado centro histórico de Puebla, la entrada principal del establecimiento volvió a cobrar