La orden de Yago, pronunciada con una calma gélida pero con una autoridad inquebrantable, resonó en el ya tenso ambiente del restaurante como un eco de poder absoluto. El capitán, con el rostro pálido como el mármol y una gota de sudor frío deslizándose por su sien, pero con una determinación férrea de corregir su error de inmediato, no perdió un solo segundo. Su mente, habituada a la eficiencia, ya calculaba los movimientos necesarios. Con un movimiento rápido y casi imperceptible de su mano,