Capitulo 6

El almacén de la zona portuaria de Valencia olía a salitre y a muerte. Fuera, la lluvia de la costa mediterránea caía con una furia implacable, ocultando el sonido de los pasos de Roberto y Elena mientras se deslizaban por las sombras de los contenedores oxidados.

Elena vestía una chaqueta táctica negra que le quedaba grande, pero sus ojos... sus ojos ya no eran los de la mujer que lloraba en silencio en las cenas de gala.

—Quédese atrás, señora —susurró Roberto, revisando su arma—. Esto se va a poner feo.

—Él tiene mi vida en su cuerpo, Roberto —respondió ella, apretando un cuchillo de caza que apenas sabía sostener, pero que no pensaba soltar—. No me voy a quedar mirando.

Dentro del almacén, la luz de una sola bombilla amarillenta colgaba sobre Mateo. Su cabeza colgaba inerte, el pecho subiendo y bajando con un esfuerzo agónico. El CFO, un hombre llamado Julián que había sido el padrino de su boda, le propinó un último golpe.

—Es tu última oportunidad, Mateo. ¿Dónde está la perra de tu ex? Solo danos la clave de la memoria USB y te pegaré un tiro rápido. Es más de lo que mereces por ser tan sentimental.

Mateo levantó la vista. Su ojo izquierdo estaba completamente cerrado por la hinchazón, pero el derecho brillaba con un fuego salvaje.

—Nunca... la... encontrarás —escupió él, junto con un coágulo de sangre—. Ella es... libre de ti. Y de mí.

—Entonces muere solo —dijo Julián, levantando su pistola hacia la frente de Mateo.

¡CRASH!

El cristal de una ventana superior estalló. Una granada de humo rodó por el suelo, inundando el lugar con una neblina densa y sofocante. Los gritos de sorpresa de los guardias fueron cortados por las ráfagas precisas del fusil de Roberto.

Pero fue la figura que emergió del humo la que detuvo el corazón de Mateo.

Elena.

Ella caminaba hacia él, sorteando los cuerpos de los hombres que Julián había contratado. Julián, presa del pánico, intentó usar a Mateo como escudo, pero Elena fue más rápida. No usó el cuchillo; usó el arma que Roberto le había enseñado a disparar en el trayecto: una pistola de impulsos eléctricos.

El dardo impactó en el cuello de Julián, enviándolo al suelo entre espasmos violentos.

Elena cayó de rodillas frente a Mateo. Sus manos, manchadas de hollín y pólvora, acunaron el rostro destrozado del hombre que alguna vez fue su mundo.

—¿Elena? —susurró él, su voz apenas un hilo—. No... debiste... venir... vete...

—Cállate, Mateo Valeriano —dijo ella, las lágrimas finalmente desbordándose mientras cortaba las cuerdas que lo ataban a la silla—. Te dije que ya no era tu sombra. Vine a recuperar lo que es mío.

—¿El riñón? —preguntó él con una sonrisa rota, antes de que el dolor lo hiciera gemir.

—No —respondió ella, ayudándolo a ponerse en pie mientras él se apoyaba pesadamente sobre sus hombros—. Vine a recordarte que todavía me debes una vida. Y no vas a morir hasta que me la pagues gramo a gramo.

Mateo la miró, y en ese momento de agonía, se dio cuenta de algo aterrador: la mujer que tenía frente a él era mil veces más poderosa que el CEO que él solía ser. Ella lo estaba cargando, física y emocionalmente.

—Lo siento... —logró decir él antes de que sus ojos se pusieran en blanco por la pérdida de sangre—. Elena... perdóname...

—Todavía no, Mateo —susurró ella al oído de él, mientras Roberto los cubría para salir hacia la furgoneta de escape—. El perdón es caro. Y tú acabas de empezar a ahorrar para pagarlo.

Cuando salieron al aire libre, el almacén estalló a sus espaldas. Roberto había plantado cargas para borrar las evidencias de la red de corrupción. Las llamas iluminaron el rostro de Elena, una mujer que acababa de quemar su pasado para salvar al hombre que la destruyó.

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