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El segundero digital de Li Wei parpadeaba en rojo, tiñendo la sangre del niño en el regazo de Elena de un color escarlata irreal. El estruendo de las hélices del helicóptero hacía vibrar los cristales rotos, un recordatorio físico de la masacre inminente.
—¡Elena, vete! —rugió Mateo, intentando levantarse entre los escombros—. ¡Si te entregas, Sebastián habrá ganado para siempre!
Elena no se movió. Sus ojos, aún con rastros de ese blanco eléctrico, estaban fijos en el pequeño cue