El rugido del motor de descenso de la cápsula de "Éxodo" hizo vibrar el acero del portaaviones Leviatán con una frecuencia que hería los tímpanos. La luz blanca, cegadora y gélida, barrió la cubierta, borrando las sombras de los soldados de la Red B, que permanecían estáticos, arrodillados ante la llegada de lo que sus protocolos llamaban "Los Purificadores".
Mateo dio un paso al frente, interponiéndose entre la luz y Elena. Sus ojos, ahora habituados a procesar datos en milisegundos gracias al