Capitulo 7

Tres meses después.

El edificio de Valeriano Logistics en el corazón de Madrid seguía siendo una torre de cristal y acero, pero el ambiente en su interior había cambiado drásticamente. Ya no se respiraba el miedo dictatorial de Mateo Valeriano, sino una tensión eléctrica y renovada.

En el piso 42, las puertas del ascensor privado se abrieron.

Mateo salió apoyado en un bastón de madera oscura tallada. Su pierna derecha nunca volvería a ser la misma, y la cicatriz en su rostro, aunque tenue, le daba un aire de guerrero cansado en lugar de un ejecutivo arrogante. Había pasado noventa días entre cirugías, fisioterapia y declaraciones ante la fiscalía para limpiar su nombre del complot de su ex-socio.

Caminó hacia su oficina, esperando encontrarla vacía o llena de polvo. Pero al llegar a la antesala, se detuvo en seco.

Su secretaria, que antes temblaba al verlo, ni siquiera levantó la vista de su tableta. —Señor Valeriano. Qué sorpresa. No lo esperábamos hasta la próxima semana.

—Es mi empresa, Clara —dijo Mateo, su voz aún áspera—. No necesito invitación.

—En realidad —Clara finalmente lo miró con una sonrisa profesional que ocultaba una pizca de satisfacción—, técnicamente, usted es un consultor externo ahora. La Junta Directiva transfirió el poder de decisión durante su "incapacidad".

Mateo frunció el ceño. —¿A quién? ¿A un administrador judicial?

—A la accionista mayoritaria interina. La mujer que salvó a la empresa de la quiebra mientras usted estaba en coma inducido.

Mateo empujó las puertas dobles de su oficina. El olor a su perfume de diseñador y café amargo fue reemplazado por algo más suave: jazmín y sándalo. El aroma de Elena.

Ella estaba sentada detrás del escritorio de caoba. Llevaba un traje de sastre color crema, el cabello recogido en un moño perfecto y unas gafas de lectura que le daban un aire de inteligencia fría y calculadora. Frente a ella, tres monitores mostraban gráficos de bolsa en verde.

—Llegas temprano, Mateo —dijo ella, sin apartar la vista de un contrato que estaba firmando—. Tu cita para la revisión de activos es a las tres de la tarde.

Mateo se quedó sin aliento. No era solo su apariencia; era su aura. La mujer que antes bajaba la mirada cuando él entraba a una habitación, ahora ni siquiera se molestaba en reconocer su presencia como una amenaza.

—Elena... ¿qué es esto? —logró decir, señalando el despacho—. ¿Qué haces en mi silla?

Elena cerró la carpeta con un golpe seco y finalmente lo miró. Sus ojos ya no tenían rastro de dolor, solo una eficiencia aterradora.

—Ya no es "tu" silla, Mateo. Mientras estabas en el hospital, usé la evidencia de la USB para forzar a la Junta a destituir a Julián y a todos sus cómplices. Como tu ex-esposa, y bajo las cláusulas de "compensación por daños" que mi abogado redactó mientras dormías, tomé el control del 51% de las acciones.

Se puso de pie, rodeando el escritorio con una elegancia depredadora. Se detuvo frente a él, notando cómo él se apoyaba en el bastón.

—He salvado tu legado. He limpiado el nombre de los Valeriano. Pero lo hice bajo mis condiciones. Si quieres volver a esta empresa, tendrás que trabajar para mí. Empezarás desde abajo, como analista de logística.

—¿Analista? —Mateo soltó una carcajada amarga—. Elena, yo fundé esta maldita empresa. Conozco cada barco y cada puerto.

—Conocías los barcos, pero no viste la traición bajo tu propia nariz —respondió ella, acercándose tanto que él pudo oler su perfume, ese que ahora le resultaba prohibido—. Me dijiste una vez que yo era una "sombra" que no sabía hacer nada. Pues bien... ahora la sombra es la que paga tu sueldo y la que decide si duermes en una mansión o en un apartamento de soltero.

Mateo la miró, y por primera vez en su vida, sintió una mezcla explosiva de humillación y una admiración tan profunda que le dolía el pecho. Ella era magnífica. Era la reina que él siempre dijo que necesitaba, pero que fue demasiado ciego para ver que ya estaba a su lado.

—Acepto —susurró él, bajando la cabeza en una señal de rendición absoluta.

—Bien —dijo Elena, volviendo a su asiento—. Tu oficina es el cubículo 14, en la planta de logística. Y Mateo... no llegues tarde. No tolero la falta de disciplina en mis empleados.

Cuando Mateo salió de la oficina, arrastrando su bastón, Elena finalmente soltó el aire que estaba reteniendo. Sus manos temblaron ligeramente. Todavía lo amaba, pero el amor ya no era una debilidad. Ahora, era su arma de guerra.

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