Tres meses después.
El edificio de Valeriano Logistics en el corazón de Madrid seguía siendo una torre de cristal y acero, pero el ambiente en su interior había cambiado drásticamente. Ya no se respiraba el miedo dictatorial de Mateo Valeriano, sino una tensión eléctrica y renovada.
En el piso 42, las puertas del ascensor privado se abrieron.
Mateo salió apoyado en un bastón de madera oscura tallada. Su pierna derecha nunca volvería a ser la misma, y la cicatriz en su rostro, aunque tenue, le d