La casa de seguridad en las colinas de Granada olía a humedad y a pino. Elena se abrazaba a sí misma, sentada en un sofá de cuero desgastado, viendo cómo la lluvia golpeaba los cristales. El Mercedes negro estaba oculto bajo una lona, y Roberto, el jefe de seguridad de Mateo, montaba guardia en la entrada con un rifle de asalto.—Debería estar aquí —susurró Elena, su voz quebrándose—. Dijo que llegaría dos horas después de mí.Roberto no se giró, pero su mandíbula se tensó. —El señor Valeriano se quedó para detener a la segunda unidad, señora. Eran más de los que pensábamos.—Él está herido, Roberto. Le dieron en la pierna. Por mi culpa.—No, señora —Roberto se giró finalmente, y Elena vio dolor en sus ojos—. Él está allí por sus propios pecados. Pero por primera vez en diez años, lo vi pelear por algo que no era dinero.De pronto, el teléfono satelital sobre la mesa vibró. No era una llamada de voz. Era un video.Elena lo tomó con manos temblorosas. Al darle al play, soltó un grito a
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