Mundo ficciónIniciar sesiónLa casa de seguridad en las colinas de Granada olía a humedad y a pino. Elena se abrazaba a sí misma, sentada en un sofá de cuero desgastado, viendo cómo la lluvia golpeaba los cristales. El Mercedes negro estaba oculto bajo una lona, y Roberto, el jefe de seguridad de Mateo, montaba guardia en la entrada con un rifle de asalto.
—Debería estar aquí —susurró Elena, su voz quebrándose—. Dijo que llegaría dos horas después de mí.
Roberto no se giró, pero su mandíbula se tensó. —El señor Valeriano se quedó para detener a la segunda unidad, señora. Eran más de los que pensábamos.
—Él está herido, Roberto. Le dieron en la pierna. Por mi culpa.
—No, señora —Roberto se giró finalmente, y Elena vio dolor en sus ojos—. Él está allí por sus propios pecados. Pero por primera vez en diez años, lo vi pelear por algo que no era dinero.
De pronto, el teléfono satelital sobre la mesa vibró. No era una llamada de voz. Era un video.
Elena lo tomó con manos temblorosas. Al darle al play, soltó un grito ahogado y se cubrió la boca.
La imagen era borrosa, grabada en un sótano industrial. Mateo estaba atado a una silla de metal. Su camisa de tres mil euros estaba hecha jirones, empapada en sangre y sudor. Su rostro era un mapa de hematomas, y su pierna herida había sido vendada de forma rudimentaria solo para evitar que se desangrara antes de tiempo.
Frente a él, una sombra caminaba de un lado a otro. Era el CFO de Valeriano Logistics, el hombre que Mateo consideraba su mano derecha.
—¿Dónde está ella, Mateo? —preguntaba la voz en el video—. Danos la ubicación de Elena y la clave de la memoria USB, y te dejaremos vivir. Puedes volver a tu torre de cristal y buscarte otra esposa. Esta ya no te sirve.
Mateo levantó la cabeza. Escupió sangre al suelo y esbozó una sonrisa sangrienta, desafiante. —Ya se lo dije... Ella está fuera de su alcance. Y si creen que voy a entregar a la mujer que me dio su propia vida para que tipos como ustedes se llenen los bolsillos... es que no me conocen.
El CFO le propinó un golpe seco en las costillas con la culata de un arma. Mateo se dobló de dolor, pero no emitió ni un solo quejido.
—Ella te odia, Mateo —le siseó el traidor al oído—. ¿Por qué mueres por alguien que te desprecia?
—Porque ella tiene razón en odiarme —gruñó Mateo, mirando directamente a la cámara, como si supiera que Elena lo estaba viendo desde el otro lado de la pantalla—. Pero prefiero morir siendo un hombre que la protegió, que vivir siendo el cobarde que la perdió. ¡Mátenme si quieren! ¡Pero no tendrán a Elena!
El video se cortó abruptamente con el sonido de un golpe seco.
Elena dejó caer el teléfono, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Aquel hombre arrogante, aquel CEO que la humilló frente a toda España, estaba siendo torturado sistemáticamente para salvarla a ella. A la "esposa aburrida". A la "sombra".
—Roberto —dijo Elena, poniéndose de pie con una fuerza que no sabía que poseía—. Prepara el equipo.
—Señora, el señor Valeriano me dio órdenes estrictas de mantenerla oculta...
—¡Me importa un bledo sus órdenes! —gritó ella, sus ojos encendidos con una furia antigua—. Él tiene mi riñón en su cuerpo. Si él muere, una parte de mí muere con él. Y no voy a permitir que esos criminales se queden con lo único que me queda de mi dignidad.
Elena tomó la memoria USB que colgaba de su cuello. —Si quieren la información, tendrán que venir por mí. Pero diles que se preparen... porque la "esposa de cristal" se ha roto, y ahora solo quedan los pedazos afilados.







