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El segundero del Cerebro de Dios martilleaba en la retina de Mateo a través del anillo biométrico. Debajo de sus botas, la cubierta de acero del portaaviones empezó a inclinarse violentamente. El mar, antes una llanura negra, se convirtió en un caldero hirviente de espuma blanca y luces de neón sumergidas. La masa colosal que emergía no era un barco; era una arquitectura de pesadilla, una ciudad de cúpulas de policarbonato y titanio que ascendía desde el abismo como un dios olvida