El Mar de China Meridional era una masa de tinta negra bajo la luna menguante. A diez metros bajo la superficie, el silencio solo era interrumpido por el siseo del oxígeno en los reguladores. Mateo nadaba con una potencia que habría sorprendido al hombre que meses atrás apenas podía caminar por un despacho. La adrenalina y el suero residual que Elena le había inyectado en su última noche de paz estaban haciendo efecto: su pierna no dolía; su voluntad era un bloque de granito.
A su lado, Roberto