La atmósfera en el laboratorio subterráneo se volvió pesada, cargada con el olor a ozono y sangre seca. Las alarmas de proximidad de la casona se convirtieron en un alarido constante. Sobre la consola central, la placa de Petri burbujeaba; Elena estaba realizando una modificación sintética en tiempo real, inyectando código binario en un estabilizador químico que no debería aceptar datos digitales.
Dante se apostó en la entrada del ascensor, con el arma lista. Mateo, sin embargo, no miraba hacia