El aire en el laboratorio asturiano no era aire; era una mezcla de adrenalina quemada y el olor metálico de la sangre del clon. La madre de Mateo, cuya calma era más aterradora que cualquier grito, dejó su copa de vino sobre una mesa de metal. El cristal resonó, un sonido seco que pareció marcar el inicio de la siguiente fase del horror.
—¿Infiltrarse en la Red B? —la mujer dejó escapar una risa desprovista de humor—. Queridos, estáis pensando como antiguos directivos de una logística. La Red B