Alec se quedó allí, con los brazos vacíos y el pecho agitado, viendo cómo Miranda se deshacía en llanto frente a él. Se sentía agotado, drenado hasta la última gota de energía vital. No sabía qué decirle.
Ninguna palabra parecía suficiente para llenar el abismo de años de silencio, malentendidos y dolor que él mismo, con su amnesia y luego con su cobardía, había cavado entre los dos.
La verdad es que su corazón estaba destrozado. Al escucharla confesar que ella se había enamorado de él desde e