La mañana siguiente llegó con una pesadez inusual. A Alec, quien siempre acostumbraba levantarse temprano, esa mañana le costó un esfuerzo casi sobrehumano abrir los ojos. Sentía el cuerpo entumecido, como si el estrés de las últimas semanas se hubiera materializado en un peso físico sobre sus hombros.
Se levantó, flexionando las extremidades y bostezando un par de veces para espabilarse. Se dirigió al baño para tomar una ducha rápida, dejando que el agua fría despejara la bruma de su mente. Si