Beatrice sostuvo el teléfono con firmeza, secándose las últimas lágrimas de frustración. Sabía que no había vuelta atrás. Su madre tenía razón: era el momento de sacar provecho.
Marcó el número de Alec. Él contestó al tercer tono, su voz cargada de impaciencia.
—¿Qué quieres ahora, Beatrice? Te dije que mi decisión estaba tomada.
—Lo sé —habló, intentando que su voz no temblara—. Y por eso te llamo. He estado pensando en lo que dijiste. Alec, estoy dispuesta a darte la custodia completa del