Beatrice sentía que las paredes de su departamento se cerraban sobre ella. El aire le faltaba y el pánico le arañaba la garganta. Con los dedos temblorosos, marcó el número de la única persona a la que podía recurrir, aunque en el fondo supiera que no encontraría consuelo, sino una realidad cruda.
El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Finalmente, contestaron.
—¿Sí? —La voz de Marie Collins sonó al otro lado, seca y pragmática.
—¡Mamá! —gritó Beatrice, su voz quebrada por el llanto y