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Alec no permitió que la discusión terminara allí. Volvió al ataque, señalando a Miranda con el índice, con la autoridad de un amo sobre su sierva.

—No quiero que vuelvas a entrar a mi oficina y revises mis cosas —espetó, con su voz cargada de advertencia—. Es una falta de respeto. No tienes que buscar nada. Hay cosas que deben quedarse solo para mí, y tú estás incómodamente inmiscuyéndote en asuntos que no te convienen, que no te importan.

—¿Cómo puedes hablar de esa manera? —replicó Miranda, c
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