Miranda no pudo conciliar el sueño. La verdad sobre la salud de Alec la atormentaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía el diagnóstico: Epilepsia postraumática. El silencio de la inmensa mansión, era horrible.
Alrededor de las tres de la madrugada, decidió que no podía quedarse quieta. La necesidad de encontrar más respuestas, de armar el rompecabezas, era más fuerte que el miedo a ser descubierta. Se levantó de la cama, se puso una bata y, con el corazón latiéndole, se dirigió de nuevo a la