Miranda despertó esa mañana con una resolución inquebrantable. Ya no quería depender por completo de su marido; quería forjar algo propio, incluso si eso significaba desafiarlo. La reciente crisis de salud de Alec, lejos de amedrentarla, había servido como catalizador. Decidió que no seguiría agotándose en la preocupación por los secretos o las dolencias de un hombre que rara vez mostraba gratitud o reciprocidad. Era hora de concentrarse en sí misma y forjar su independencia económica.
Recordó