Zamir Bonneville hizo su entrada esporádica en la oficina de su mejor amigo. El pelinegro, de atractivos ojos grises y siempre luciendo impecable y elegante, ni siquiera se molestaba en pedir cita. Entrar sin aviso era un privilegio que Zamir se tomaba, aunque casi siempre terminaba por irritar a Alec Radcliffe, quien estaba perpetuamente anclado a su trabajo.
Zamir encontró a su amigo sentado en su cómoda silla giratoria, que más parecía un trono de poder. Se acercó y se ubicó frente al escrit