La frustración de Miranda se desbordaba en su mirada. Estaba agotada de la táctica de su marido, de esa pared de silencio que él usaba para manipular y evadir.
—No me vas a responder, ¿verdad? —le espetó, la voz cargada de ira—. ¿Te quedas sin palabras ante la verdad?
Alec resopló sonoramente. Para él, el sonajero había sido un momento de debilidad impulsiva, algo que lamentaba haber hecho porque le daba a Miranda munición. En lugar de ceder a su pregunta, decidió cambiar el blanco del ataque.