Al caer la tarde, Alec cambió de opinión. La necesidad de acallar el enredo mental era más fuerte que su disciplina. Le marcó a su amigo, su tono brusco como siempre.
—Veámonos en ese bar que mencionaste. No sé la dirección, así que pásamela.
Zamir respondió con una alegría inmediata.
—¡En serio te has decidido a ir! Ya te pasaré la dirección, nos vemos allí.
Alec necesitaba desahogarse. Aunque sabía que el alcohol casi nunca lograba calmarlo, sino avivar la llama, era el único escape que se p