Miranda yacía en la camilla, con los ojos clavados en el techo en penumbras, sintiéndose aturdida por el zumbido de la máquina de ultrasonido. Su mente repetía un mantra desesperado: “Por favor, di que no. Por favor, que sea estrés. Que sea cualquier cosa menos eso”.
Había soñado, había anhelado con todas sus fuerzas que el doctor le dijera: "No, usted no se encuentra embarazada, es solo un desajuste hormonal".
Pero el silencio del doctor Evans se alargó demasiado. Miranda giró la cabeza y vio