Mientras tanto, de vuelta en el acantilado, la fría brisa del mar golpeaba su piel, moviendo sus ropas y cabellos. Los primeros rayos del sol ya brillaban en el horizonte, proyectando un resplandeciente brillo anaranjado sobre la dramática escena.
Peter estaba de rodillas sobre la grava, con el teléfono en la mano y los nudillos contra la carcasa. Todo su brazo temblaba, no por el frío aire sino por puro miedo. Su respiración era pesada e irregular mientras presionaba el teléfono contra su orej