Capítulo Ochenta y Uno. La sombra que no quiere morir.
El Santuario retumbó.
Grietas negras se abrieron en el suelo, y de ellas brotó una bruma espesa, oscura, que olía a ceniza y a magia vieja. El sacrificio de Kael había sellado el mal… pero la oscuridad, herida, se retorcía, buscando un último respiro.
Maelia apareció entre el humo. Su rostro estaba bañado en lágrimas, pero sus manos seguían firmes, apretando el anillo maldito de Lysandra.
—¡Detente, Maelia! —gritó Lyra, la voz cargada de u