Capítulo Ochenta y Dos. Bajo el mismo cielo roto.
El camino de regreso al castillo fue lento, casi solemne. El aire del bosque olía a tierra húmeda y cenizas, a la calma extraña que sigue después de la tormenta.
Los pasos de todos crujían sobre ramas rotas y piedras mojadas. Cada mirada, cada respiración, era una mezcla de alivio, cansancio… y algo que nadie quería nombrar: miedo a lo que vendría después.
Kael iba al frente, con la cabeza baja. El brillo dorado en sus ojos estaba apagado, como