Capítulo treinta y siete. Promesas que duelen.
El castillo se mantenía en una calma extraña, como si el aire esperara a estallar. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: algo se estaba gestando entre sus muros. Algo que no tenía que ver con política ni estrategia, sino con emociones crudas y peligrosas.
Kael caminaba por los pasillos con la mandíbula apretada, siguiendo el olor de Rowan, esa mezcla inconfundible de bosque y peligro. Lo encontró en uno de los salones desocupados, frent