Edith hizo una pausa y su voz se suavizó con un toque de nostalgia. —Me recordás mucho a mi hija.
Lucía parpadeó, conmovida por la mirada amable de la anciana. En ese instante, la tensión que oprimía su pecho comenzó a disiparse. —Ojos grandes, educada y de buenos modales —añadió Edith con una sonrisa que arrugó las comisuras de sus ojos.
Lucía se sintió atraída por su calidez. Le recordaba a su difunta abuela: estricta a veces, pero siempre con una sonrisa dulce para ella. —No te preocupés por