—¿Ya terminaste tu pequeño discurso? Ahora, muévete.
La mirada gélida de Lucía atravesó el aire como un cuchillo, ignorando a Nadine. Su atención se centró en el asiento del conductor del lujoso coche. El chofer, una mujer que alguna vez fue su asistente de confianza y a quien ella misma entrenó, bajó la cabeza avergonzada. Ver cómo su propia gente se había pasado al bando de Nadine tras su paso por Támara le causó una punzada de decepción, pero rápidamente recuperó su máscara de indiferencia.