La casa de campo de la abuela Elena, que debía ser un refugio de paz, se había convertido en el epicentro de una tormenta invisible. El estrés de las últimas horas —la visita de Mateo, los gritos de Alexander por teléfono y la lectura de los correos que detallaban el asesinato corporativo de sus padres— finalmente cobró su factura. No fue un dolor agudo lo que despertó a Sofía a las tres de la mañana, sino una presión sorda y constante en la base de su vientre, un aviso de que el cuerpo ya no p